Pasé ocho días y siete noches en un lugar donde términos tales como gatillos emocionales, estrategias de afrontamiento y plan de crisis eran parte del habla común. Recuerdo que las horas fueron largas, pero no las puedo visualizar; sólo recuerdo que fueron largas porque eso me dije mientras me aplastaban, y lo mismo le expliqué a los doctores cuando me decían que en tan sólo unos días estaría lista para regresar.
Me imaginé que esta experiencia me iba a cambiar la vida. Pensé que me motivaría a escribir sobre todo aquel que conocí, o quizás a luchar contra un sistema que demostró estar lleno de fayas e injusticias. Eso me dije una y otra vez cuando intentaba consolarme por todo el tiempo perdido.
De vez en cuando alguna asociación inesperada me pone a pensar en aquellos días, pero las memorias vienen sin peso. Se sienten tan inconsecuentes como una oración mal escrita.
Me repugna esta superficialidad. Quiero recordarlo todo desde el centro del estómago. Pero no me lo permito. La apatía es trémula y frígida, pero no induce úlceras fatales.
Desde que te marchaste le he rogado a la vida que me permita verte una vez más. Recuerdo que al principio me convencí de que solo visitarías bajo una estricta póliza de privacidad, y por meses conviví en rincones oscuros y callados esperando el momento de tu aparición. Perdí la fe cuando no te manifestaste en los más tristes y solos de los segundos. Sé que su hubieras podido, si hubiera sido físicamente posible, me habrías acompañado en ocasiones como aquellas.
Mi consuelo entonces se convirtió en la posibilidad de soñar contigo. Mi mente nunca calla, y pocas mañanas abro los ojos sin el recuerdo de alguna historia en la cual me adentré por unas cuantas horas. Las pocas veces que te evoqué en una de ellas me brindaron mañanas colmadas de lágrimas. Siempre te divisaba en la distancia, y una vez que mi cuerpo intentaba acercarte entre gritos y pasos apresurados, desaparecías sin dejar rastros. Los sueños sólo me servían para recordarme que eras inalcanzable.
Anoche soñé contigo. Te encontré tal y como te recuerdo; ni tu imagen, ni tu voz, ni tu sentido del humor fueron manchados por las distorsiones de los sueños. Por fin compartí algunas de aquellas historias que nunca te llegué a contar.
Quién sabe si nos volveremos a ver ahora que tienes certeza de que puedo escuchar tu voz sin derrumbarme? Pero si esta fue mi última y única oportunidad de compartir un pedazo del mundo contigo, te prometo que estoy feliz.
Llevo ya tiempo planeando que te diría si estuviera en tu presencia una vez más. Me había convencido de que explicaría lo mucho que te quiero y admiro, porque el miedo de que lo desconocieras me devoró por meses. Anoche en aquel sueño donde interactuamos de la manera de siempre comprendí que no existe forma de que no hubieras notado el cariño y lealtad que se desbordan de la sonrisa que tantas veces te ofrecí.
Ya no me quedan dudas de que te fuiste consciente de que no estabas sola.
Te devuelvo las memorias. Tómalas todas, y de paso llévate también la ira y el dolor que engendran. Si me pongo de suerte quizás hasta arrastres contigo trazos de soledad y desilusión.
No me ofrezcas nada a cambio. Ya cediste suficiente mierda. Necesitas suministros de engaños para el resto de tus víctimas.
Quizás si hubiera leído la carta que me escribiste en diciembre no hubiera tenido el valor para medicarme aquella madrugada.
Recuerdo la noche cuando la compusiste. Despertó mi curiosidad el estruendo de teclas que provenía de tu rincón del cuarto, y al voltearme te encontré sentada en tu cama con los ojos llenos de lágrimas. Creo que aún estaba empacando, o quizás pretendiendo empacar para evitar una conversación que las dos temíamos. Alejaste la mirada de la pantalla en muy pocas ocasiones: a veces fijaste tu vista en la nada; el resto de las veces me observaste a mí. Supe entonces que nuestro torpe abrazo de despedida estaría acompañado de un sobre colmado de verdades demasiado pesadas y dolorosas para articular con la lengua.
Nuestra historia está saciada de mensajes escritos. Si intentáramos transformarla en cuento, la primera frase narraría que “Había una vez una joven impaciente que intentó fotografiarse con palabras, y al compilarlas terminó con una carta entre sus manos.” Entonces de las siguientes lineas emergerías tú con nuestro vaivén inicial de escritos, las notas de apoyo que intercambiamos de manera frecuente, los conflictos que alimentamos a través de mensajes electrónicos y, para enfatizar la belleza poética de nuestra relación, las cartas con las cuales te despides cada vez que culmina una etapa compartida. Si nuestra historia se transformara en poema, cada fase convivida sería una estrofa, y a pesar de la discordancia en tono, estilo y estructura, gracias a tu constancia cada estrofa concluiría con el mismo verso.
Extendiste tu brazo aquella noche; entre tus dedos sostenías un sobre. Decidimos que podría leer la carta una vez que el sueño te venciera, aunque normalmente estipulas que debo esperar hasta abordar mi vuelo a casa. Unas horas más tarde me perdí entre tus palabras.
Quizás si hubiera leído la carta que me escribiste en diciembre no hubiera tenido el valor para medicarme aquella madrugada. Aquellas páginas, en las cuales me rogaste que me aferrara a la vida porque no sabrías como lidiar con mi ausencia, me acompañaron por meses. Las exploré una y otra vez en momentos de debilidad.
Te fallé, porque aquella madrugada me convencí de que el resto del mundo era intrascendente, e injustamente te clasifiqué como parte del resto del mundo. Te fallé porque cegada por mi egoísmo olvidé que en diciembre me escribiste una súplica entre lágrimas y un estruendo de teclas.
Esta vez tu despedida escrita suena distante. De ella brota un aire de inseguridad típico de aquel que enuncia “hasta pronto” temiendo que quizás éste sea un “adiós.”
Y a lo lejos nuestra historia hecha poema lamenta aquel último verso:
“Comenzó y culminó con una carta.”
(via dietcokeporfavor)
Estimado lector,
Agradezco su aprecio y lealtad.
Con respecto a su segundo comentario: Qué le puedo decir? Es humano cambiar de padecer cuando nos damos cuenta de que el camino elegido no nos trae satisfacción.
Pero es difícil explicarme que hago aún aquí cuando lo único que me sostiene es un sinfín de promesas rotas.
Hace unas cuantas semanas, cuando exigiste que te prometiera que no lo intentaría nuevamente, te pregunté si querías que escogiera aferrarme a la vida por vergüenza a romper una promesa.
Me respondiste: “No, quiero que elijas vivir por el deseo a vivir— podemos alcanzar esa meta juntos. Sin embargo, una vez que mueres, eso es todo— no existe manera de regresar. Aún si ahora piensas que la vida es una mierda, podemos mejorarla. No podemos hacerlo si estás muerta.”
Yo cumplí con mi parte. Dónde quedas tu en este proyecto de dos que ahora se siente tan solo?
De nada me vale reclamar. Conozco tu respuesta: tu —típico— silencioso encoger de hombros. Sé que existe en ti aquella fría apatía que te permite huir sin condenas propias, aún cuando te pasas la vida juzgando a otros por ser fugitivos de su palabra.
Ví las grietas aparecer de la nada entre las frescas capas de concreto, y por ingenua e idealista me inventé mil excusas para justificarlas. No sería la primera vez que nos cicatrizamos de la nada, pensé, y hay quien dice que estas imperfecciones de la piel son símbolos de experiencia. Hay quien dice que una cicatriz es prueba de que juntos hemos formado una historia.
Acabábamos de reconstruir nuestro abstracto monumento entre risas y caricias; sin millas que nos separaran la abstinencia se convirtió en una indeseada parte del pasado la cual despedimos sin remordimientos. Aquel dolmen que representa los que fuimos y somos tomó nueva forma. Lo moldeamos hasta crear una abstrusa pieza del arte moderno. Esta vez su ambigüedad poco nos importó: fuimos indefinidos por decisión propia.
Mas debía haber entendido que un cuerpo lleno de fisuras está propenso al derrumbe. Debía haber notado que cuando te divisé con pico en mano, arremetiendo contra nuestro mausoleo con indiferencia maquinaria, inevitablemente se acercaba la hora de recoger con mis manos los escombros de lo que no volveremos a ser.
(via quesoderretido)